Siempre me ha llamado la atención de que nunca soy consciente del momento en que, a la hora de dormir, mis ojos se cierran. No me refiero a cuando los cierro de modo voluntario para dormir, pues normalmente no es en ese instante cuando el sueño acude a mí. Pero hay todo un universo que me resulta especialmente afín, entre ese momento en el que cierro voluntariamente los ojos y en el que el sueño me invade, un océano de preconciencia con sus propios conceptos e imágenes, al punto que he llegado a pensar que se trata de otro modo de percibir la realidad. Aquella en la que la mente se ve a sí misma y hasta llega a creer que no está dormida.